NACIMIENTO

Dicen que las estrellas nacen en silencio, pero no es verdad. Nacen del ruido, del choque lento de los átomos, del murmullo del hidrógeno acumulándose durante millones de años. Basta una pequeña perturbación —una onda de choque, la muerte de otra estrella — para romper el equilibrio. Entonces todo cambia, la gravedad empieza a ganar. El gas cae hacia sí mismo. La temperatura aumenta y todo ese caos encuentra un centro.

Caos. Tampoco recuerdo yo orden alguno en mi infancia, solo movimiento. Un cúmulo de recuerdos despreocupados que se mezclan, una combinación de experiencias y primeras veces compartidas que anticipan quien vas a ser: el olor de los macarrones de mi abuela, las mañanas en el colegio, correr sin motivo alguno, saltar en cada charco cuando llovía, ese cuaderno azul en el que dibujaba mapas de tesoros perdidos, mi miedo a la oscuridad, el beso de mi madre antes de ir a dormir y el cielo que se extendía, amenazante, demasiado grande sobre mí. Tenía seis años cuando tumbado sobre el césped de casa, mirando el cielo oscuro, mi padre señalaba una mancha blanquecina que yo apenas sabía distinguir.

En una nebulosa, cada átomo siente una atracción de todos los demás. Nada parece moverse y, sin embargo, todo está precipitándose lentamente. Una protoestrella se forma cuando el material acumulado se vuelve tan denso que ya no puede ignorar su propio peso.

¿Es eso crecer? Supongo que sí, empezar a construirse hasta llegar a uno mismo, a nuestro propio centro.

Desde fuera, la nave parecía seguir su trayectoria, pero en el interior el tiempo había dejado de transcurrir de la misma manera.


PROTOESTRELLA

Recuerdo los entrenamientos en la centrifugadora. El cuerpo aplastado contra el asiento, la respiración mecánica y consciente. Nos repetían que debíamos prepararnos para soportar fuerzas que llevaban el cuerpo al límite. “No llegaré nunca, no me acostumbraré, no voy a poder” me decía con un nudo en el estómago y la sensación constante de un mareo profundo. Yo solo quería ir al espacio.

Antes de brillar, una estrella duda.

La gravedad continúa comprimiendo el núcleo mientras la temperatura asciende desproporcionadamente. Todavía no hay fusión nuclear, solo la transformación de la energía gravitatoria en calor. Es una etapa inestable, breve comparada con el resto de su vida.

El ruido de los motores se apagaba dentro del casco hasta convertirse en un zumbido lejano, dejando solo un silencio artificial y ese olor metálico, que tanto detestaba, después de cada simulación.

La estrella aún no es estrella. Intenta equilibrarse sin conseguirlo mientras irradia energía, buscando el punto exacto en el que la presión térmica pueda oponerse al colapso gravitatorio. Hasta que en algún lugar, un núcleo alcanza los diez millones de grados.

Tras ensayo y ensayo, sin darme cuenta, todo tomó forma. No me rendí y luché y empecé a mantenerme sin esfuerzo alguno y poco a poco entendí la diferencia entre desear algo y convertirse en ello.

Empieza la fusión.


SECUENCIA PRINCIPAL

La mayor parte de la vida de una estrella transcurre en calma. En su interior, protones de hidrógeno se fusionan formando helio. Una fracción diminuta de masa se convierte en energía que empuja hacia fuera mientras la gravedad tira hacia dentro. El resultado es un equilibrio estable que puede durar miles de millones de años. Una especie de tregua perfecta.

A lo largo de la vida también se llega a ese equilibrio. Un trabajo que ya no exige demostrar nada, solo continuar. Una rutina que encaja y se convierte en disfrutar de los pequeños placeres que se dan en el día a día. Y alguien con quien poder compartirlo. Un amor tranquilo, sano, de esos que te quitan el hambre y el sueño porque los vives con la intensidad del primer día. El mejor amor de todos, el de verdad, el que te hace crecer y avanzar. Así era con Lucy, una astrobióloga que buscaba vida en Marte que conocí en una de mis primeras misiones. Ella analizaba las rocas y sedimentos antiguos rastreando cualquier tipo de biofirma química que pudiera ser un indicador, nosotros le llevábamos las muestras. Tenía unos ojos enormes azules y un cabello negro y rizado que le caía por los hombros. La vi y lo supe, era ella.

Equilibrio.

Pero la estabilidad no significa siempre quietud.

A veces, una ligera inestabilidad rompe el orden. La energía interna cambia, las capas se reorganizan, y el sistema empieza a expandirse sin dejar de brillar.

El cambio no es repentino, pero es constante.

Sólo mucho después empiezas a notar que algunas conversaciones ya no volverán, se acaban las decisiones impulsivas, los viajes sin plan, las noches que no pertenecían a ningún lugar.

Las estrellas no saben que envejecen. Simplemente siguen brillando.

Nosotros tampoco.


GIGANTE ROJA

Cuando el hidrógeno del núcleo se agota, la estrella pierde su estabilidad inicial. El núcleo se contrae y las capas externas se expanden enormemente. La superficie se enfría, adquiere un tono rojizo y la estrella se convierte en una gigante roja.

Al acercarse a su final, la estrella se vuelve más grande que nunca. Es paradójico, antiintuitivo, curioso.

Al igual que el pasar del tiempo, que se siente más extenso cuando uno mira hacia atrás para darse cuenta de todo lo que ha vivido y lo que ha sido.

Siempre he pensado que las gigantes rojas tienen algo especial, son hermosas porque son inestables. Quemando nuevos combustibles en capas sucesivas, resistiéndose con todo lo que queda.

Yo también lo hice.

Hasta que llegó el accidente.


COLAPSO

Recuerdo el instante exacto en que empezó.

La alarma roja iluminaba todas las paredes de la cabina. La nave vibraba con una intensidad tremenda e imposible, y durante un segundo pensé que el vacío había empezado a fracturarse a mi alrededor. La oscuridad del espacio dejó de ser uniforme, había algo allí, algo que no devolvía la luz.

Nada. No había respuesta.

Si la estrella posee suficiente masa, llega un momento en que ninguna reacción nuclear puede sostenerla. El núcleo colapsa en fracciones de segundo: los electrones y protones se combinan, la materia se comprime hasta densidades inimaginables y las capas externas rebotan violentamente hacia el exterior.

Una supernova libera más energía que toda una galaxia durante un instante.

Pero aquí no hay luz.

El tiempo ha empezado a comportarse de forma extraña. Las señales de la base de la Tierra que llegaban cada vez más despacio ya no llegan. Mi pulso, que va a mil, sin embargo, sigue exactamente igual.

A veces el colapso no deja una estrella de neutrones. A veces deja algo más.


HORIZONTE DE SUCESOS

Un agujero negro nace cuando la gravedad vence definitivamente. Existe un límite llamado horizonte de sucesos: una frontera a partir de la cual ni siquiera la luz puede escapar.

Para un observador lejano, quien cae hacia él parece detenerse eternamente en el borde. Para el que cae, no sucede nada especial.

Solo continúa cayendo.

Mis recuerdos llegan todos a la vez. El pasado y el presente se superponen y se convierten en uno. Desde fuera quizá sigo suspendido, congelado en el tiempo, pero aquí dentro, mi vida avanza completa.

La relatividad predice que el tiempo se dilata bajo gravedad extrema. Tal vez eso significa que estoy viviendo todos mis años en los últimos segundos.

No estoy recordando mi vida.

La estoy atravesando.


SINGULARIDAD

Nadie sabe qué ocurre en el interior de un agujero negro, es un misterio latente. Las ecuaciones dejan de funcionar y la física conocida se rompe.

¿Mientras la oscuridad me envuelve cada vez más, pienso que qué es el final, si no es mezclarse con el universo que nos creó?

Calcio, hierro, oxígeno. Los elementos que forman nuestros cuerpos nacieron en estrellas que murieron antes que nosotros. Restos de antiguas explosiones cósmicas.

Toda estrella termina cayendo hacia algo.

Y toda caída, en algún lugar del cosmos, vuelve a empezar.



Neus Flores Simonet - Universidad Autónoma de Barcelona