A veces solo tenemos que mirar hacia arriba para llevarnos una clase magistral de física. En este relato, el cielo se convierte en el mejor amigo de un niño, acompañándolo en todas sus actividades en un día. Una historia de la nostalgia de la infancia y en la que, por el camino, aprenderemos la física detrás de los cambios en el cielo, las croquetas de jamón, y alguna otra cosa.



Todos los días me levanto a las seis de la mañana. A veces te levantas conmigo, sobre todo cuando no hace frío y la nieve no ha llegado a calar. Siempre tienes un color cansado, anaranjado; al fin y al cabo, tú también te estás despertando.

Cuando estoy sorbiendo la última gota de leche caliente y he mordisqueado la última galleta, ya nos hemos espabilado los dos y me muestras tu bonito color azul; entonces sé que ya podemos empezar el día: el Sol ya nos está iluminando a los dos.

La casa siempre está silenciosa. Mamá ya no viene por aquí y solo estamos la abuela y yo. Ella no habla mucho de mi madre, solo del día que se fue, hace unos años, cuando yo todavía le llegaba a las rodillas. Aquel día tú estabas muy gris y lloraste mucho. A veces lloras mucho, pero te pasa como a mí: llorar te sienta bien, porque después, en ese momento en el que las lágrimas flotan en el aire, tan pequeñas que no se pueden apreciar, la luz pasa a través de ellas y se forma un arcoíris precioso.

Incluso a través de esos obstáculos, esa luz encuentra un camino; aunque se tenga que dividir en muchos trocitos de color, consigue siempre superarlo. A veces siento que lloras solo para verlo, igual que a veces yo lloro para que después todo esté mejor.

Me monto en la bici a eso de las siete y voy pedaleando a lo largo del río. Siempre te veo reflejado en él; vas conmigo todo el camino y me enseñas muchos pájaros volando juntos, casi como si fueran uno solo.

Al llegar al colegio, aparco mi bici y entro a clase. No me gustan mucho las clases; no me gusta aprender la historia del mundo, las raíces cuadradas y lo que es un diptongo. A mí me gusta mirarte a través de la ventana, cuando me enseñas, uno tras otro, los dibujos que has hecho. Una vez en clase me dijeron que los haces todos con agua. Yo les dije que es imposible, que el agua no flota, pero entonces me acordé de cuando lloras: de que esos grandes dibujos están hechos de pequeñas gotitas, de esas que se quedan en el aire, de esas que pueden flotar antes de que se hagan más grandes.

En el recreo me quedo mirándote; es el momento del día en el que más brillante estás, donde más azul te veo. Al fin y al cabo, los dos estamos llenos de energía, ya que no hay clase.

El colegio acaba alrededor de la hora de comer, así que llego a casa pedaleando a toda velocidad, para encontrarme, más a menudo de lo que querría, con las humeantes lentejas de mi abuela. Mis días favoritos son cuando hace croquetas; me encantan. Siempre están frías por fuera, pero cuando las parto por la mitad están ardiendo y me quemo. Mi abuela dice que es porque la bechamel de dentro guarda mejor el calor que la corteza de fuera y que es más difícil enfriarlas. Yo lo que opino es que están muy buenas, sobre todo las de jamón.

Por la tarde, mi abuela siempre me dice que haga los deberes, pero yo me escabullo al parque con mis amigos. Jugamos pachangas toda la tarde. Mi colega Dani hace una cosa muy chula con el balón: le da con el empeine y hace que gire sobre sí mismo, como una peonza. Al fijarme bien, veo que el aire a su alrededor está acelerando por un lado y frenándolo por el otro, y esa diferencia va curvando su trayectoria; siempre me sorprendo de lo que hace, mete unos golazos por la escuadra que flipas.

Solo cuando vuelves a estar naranja me doy cuenta de lo cansado que estoy y de las horas que llevo jugando. Todos los días igual… Qué bien que me avisas.

Yo creo que tú también estás cansado a esas horas. Al fin y al cabo, llevas todo el día despierto, siendo iluminado por el Sol.

Tú y yo somos muy parecidos: hay muchas cosas que separan al Sol de mí; sin embargo, las pequeñas partículas de tu luz no tienen problema en llegar, pues, aun con obstáculos, están lo bastante cerca como para enseñarme su gran color azul y superan todo el aire que hay en medio. Pero tú te vas cansando, y las partículas también. Cuando llega el final del día, esas partículas se van chocando con muchas otras hasta llegar a mí, porque están más lejos. Entonces, las partículas azules, que son más grandes, se quedan en el camino, y solo quedan las anaranjadas, las pequeñitas. Es tu forma de mostrarme que estás cansado y que solo me puedes hacer llegar esas.

Pero igual las veo, igual sé que sigues estando ahí, que has vivido conmigo el día. Contigo nunca estoy solo, pues me muestras las cosas más dulces de la naturaleza y, a cambio, solo me pides que te mire.

Contigo siempre estaré dispuesto a seguir levantándome, pues sé que siempre estarás ahí.



Antonio Bernabe Marin Carballo - Universidad de Gottingen