ICRD26: El día que el tiempo me salvó
¿Qué nos inspira a los físicos? ¿Qué nos mueve y nos impulsa a estudiar? No, no es ninguna fuerza ni campo; es ese deseo de entender lo que nos rodea. Por eso, al buscar un concepto que explicar, no lograba decidirme. En los últimos días de plazo, por cosas de la vida, tuve que coger un vuelo para tocar en un concierto en otra isla, y entre turbulencias y notas musicales, veía física en todos lados allá donde iba. Hasta que me di cuenta de que no podía dilatar más la espera: se me iba a agotar EL TIEMPO.
De repente lo vi claro, y mira que es difícil, porque el tiempo no es un observable ni en cuántica ni en la vida real; lo tuve siempre delante y no lo vi. Piénsalo: ¿alguna vez has visto una hora? ¿Y un segundo? Y es que precisamente en el aeropuerto, tras el retraso de mi vuelo de vuelta, sentía que cada segundo parecía una hora. Me di cuenta de que, aunque pase desapercibido, el tiempo siempre está ahí. ¿Cómo lo sabemos? Lo sentimos o, más bien, sentimos sus efectos.
Como buena física, observé cómo cambiaba mi alrededor, y aunque parecían ocurrir muchas cosas, a la vez el tiempo parecía ir cada vez más lento. Pero yo no me movía a la velocidad de la luz (¡ojalá!), así sabría con total seguridad que acabaría este relato antes del plazo. El tiempo seguía pasando y la espera parecía cada vez más eterna; entonces me dio por pensar si la física podría ayudarme en algo.
—¿Y si viajo en el tiempo e impido que se retrase el vuelo? — pensé.
Iba a necesitar ayuda para reducir la entropía; además, no me hacía mucha gracia incumplir una ley de la termodinámica y moverme hacia un estado de menor entropía. No parecía muy viable cambiar la dirección del tiempo y tampoco quería arriesgarme a enfrentarme al consejo supremo de la física (Clausius, Kelvin y Carnot). Bueno, no iba a poder evitar el retraso del vuelo, pero ¿y si hacía que el tiempo pasara más rápido? Para ello solo veía dos opciones: viajar más rápido que la luz o arreglármelas para acelerar las transiciones energéticas del cesio-133 en las que se basa el funcionamiento de los relojes atómicos. Ahora me explico.
Primero, si de alguna manera lograba viajar más rápido que la luz, entonces Einstein sería quien me metería entre rejas. Además de que en mi sistema de referencia el tiempo no pasaría más rápido, solo lo notarían desde fuera. Esta opción quedaba descartada. Por otro lado, acelerar las transiciones energéticas del cesio no iba a ser tarea fácil. Para empezar, porque tendría que cambiar todos los relojes de referencia en el mundo (que no son pocos) y, para seguir, porque aunque aplicara campos magnéticos, eléctricos o radiación..., solo conseguiría pequeños cambios en los niveles de energía, como el efecto Zeeman o Stark. No valía la pena.
Todo parecía indicar que me iba a tocar esperar, hasta que de repente nos llamaron por megafonía y, efectivamente, el tiempo se me había pasado sin darme cuenta, tanto que no me iba a dar tiempo a acabar el relato.
Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue correr a acabarlo. Irónicamente, ahora lo que quería era que el tiempo pasara más lento. Ya no podía pararme a pensar nuevas soluciones físicas; se acercaban las 00:00 y mi relato seguía sin final. Fue entonces cuando de nuevo el tiempo me salvó. Y es que, claro, al encontrarme en una zona horaria diferente, para mí era una hora menos. A lo mejor así llegaría a entregar el relato a tiempo, no estaba todo perdido.
Me puse manos a la obra y, si estás leyendo esto, puede que mi relato fuera rechazado, con lo que habría perdido un poco de tiempo, o puede que fuera aceptado a pesar de haberme aprovechado del tiempo. Lo que sí estaba claro era que, por mucho que queramos controlarla, esta magnitud aún nos iba a seguir ocultando muchos secretos que, como físicos, aunque no los veamos, queremos entender; lo cual es una de las mejores maneras de aprovechar el tiempo.
Judit Álvarez Fernández - Universidad de La Laguna