Este es un cuento para no dormir. Un relato de fantasmas. Una historia de un demonio, termodinámica, cuántica, electromagnetismo y uno de los más grandes físicos de la historia: James Clerk Maxwell. Para aquellos de mente más escéptica, conviene advertir que esta no es una historia al uso, sino que confunde la fantasía con la física más avanzada sin miramientos. Es tarea de aquel quien lee discernir qué certeza se esconde, si es que se atreve.



Cap. 1: La corriente del diablo


Todo empezó con un joven James que llegó al Cambridge de mediados del siglo XIX. El físico escocés, aquella mañana, tenía la acometida de acudir a la oficina del departamento para recoger sus horarios. Poco sabía él que, por las estrechas escaleras, chocaría con un no tan joven y murmurante Faraday, que se dirigía, rumiante, a los laboratorios de la planta baja. Fue un choque poco aparatoso, casi anecdótico. Sin embargo, los papeles que traía apretados Faraday en sus cuarteadas manos salieron volando. El estudiante se disculpó rápidamente recogiendo los apuntes. Al salir de la oficina con sus horarios y un par de ficheros burocráticos, Maxwell no podía quitarse de la cabeza aquellas fugaces líneas en las hojas de Faraday.

Poco tardó en descubrir que el profesor estaba convencido de que las interacciones coulombianas podían pensarse como líneas de fuerza salientes de todo cuerpo cargado. Maxwell conocía aquellas teorías, pero algo le cautivaba. Esa prematura fascinación marcó el inicio del camino hacia su entramada unificación de las leyes de la electricidad y el magnetismo.

Si algo pudo aprender en Cambridge fue, sin duda, la matematización del conocimiento. Y, sin perder ese rumbo, fue gestando una obsesión por entender aquellas líneas de fuerza "faradayanas" como algo físico, susceptible de escribirse con ecuaciones.


Como no podía ser de otra manera, aquella tarde llovía en Londres. Las mesas estaban llenas de aparatos extraños. "Si puedes construirlo, podrás escribirlo". Ese mantra le había llevado a construir un sistema mecánico para reproducir una idea que llevaba diez años obsesionándole. Aun así, no encajaba. Pretendía representar las interacciones y la dinámica de la electricidad y el magnetismo como un conjunto de ecuaciones diferenciales que hablaran de un campo. No había perdido la razón, pero su convicción comenzaba a flaquear. Resentido de una larga jornada de trabajo, se sentó en su sillón junto a la ventana. Encendió su pipa y comenzó a fumar, reflejando nubes de humo denso contra el cristal, repiqueteando bajo la incesante lluvia. En cada calada, un pensamiento; en cada calada, un deseo de encontrarlo.

Fue en esa calada profunda, inhalando el último resto de tabaco, cuando se atragantó. Empezó a toser sin cesar y, con cada tosidura, más humo invadía el despacho. Era casi asfixiante. No le quedó más remedio que abrir la ventana. Cuando la humareda de la habitación se disipó, sintió un escalofrío. Giró la mirada y, en la esquina más alejada de la ventana, advirtió una presencia que turbaba el pensamiento. Era una figura alta y erguida. En la sombra parecía tener la piel tersa, pero al amparo de la lámpara de aceite el científico descubrió una piel escamada, carmesí, y un rostro siniestro rematado por una sonrisa burlona, entre labios teñidos de sangre seca. No había duda: era un demonio.

Maxwell no pudo evitar mirar la mesa llena de vórtices y ruedas. El demonio rio con la más grave y sorda de las carcajadas, lo que amedrentó aún más al físico, que había dejado la lámpara sobre la mesa y se arrinconaba en su sillón junto a la ventana.

El demonio notó como brotaba un ápice de curiosidad y ambición en los ojos del escocés. Entonces, extendiendo la mano, le ofreció una pluma de color pardo.

El demonio ya sabía que había ganado.

Temeroso, James Clerk Maxwell extendió el brazo y alcanzó la pluma. Juró sentir, de forma repentina, la ilusión de la serendipia al contacto de la péñola.

Sonaba como un sueño. Pero James no era un hombre ambicioso. Percibió la disuasión del maligno y le preguntó cuál era el precio que pagar.

Así el diablo recitó solemnemente las sentencias asociadas a la cesión de su corriente:

Era demasiado bueno para ser verdad. Con la pluma en la mano, el doctor miró al demonio fijamente a esas pupilas sin fondo. Vaciló, levantó ligeramente la mano, y el demonio no perdió la oportunidad de estrecharla. En ese apretón volvió todo el humo y se concentró en la llama de la lámpara, que estalló en un destello que cegó al profesor.

Despertó de un salto en el sillón, con la pipa aún en la boca. La tempestad había amainado. La pluma reposaba en el alféizar de la ventana.


Eric Jiménez Zurera - Ludwig-Maximilians Universität München