Entre tanto furor por el Mundial de fútbol 2026, ¿es posible pensar en la física? En este relato, Andrea conecta estos dos mundos fútbol y física, para hacer un repaso por los hitos y las personalidades más importantes en el fascinante estudio de la luz. Y buen equipo se ha montao.



No sé muy bien por qué pienso tantas cosas a través del fútbol. Supongo que porque llevo media vida viéndolo y ya se me ha quedado dentro la manía de ordenar el mundo en posiciones: quién sostiene, quién manda, quién conecta y quién aparece para decidirlo todo.

Aquella noche estaba enfadada. No enfadada de verdad, claro, pero sí con ese disgusto un poco absurdo que te deja una derrota cuando te importa más de lo que deberías admitir. Perdió el Madrid y yo me quedé en la cama, sin sueño, mirando la lámpara del techo como si me debiera una explicación.

Y entonces pensé en la luz.

No en plan filosófico, ni intenso, ni nada de eso. Pensé en la luz porque estaba ahí, porque llevaba no sé cuánto tiempo iluminándome la habitación y porque, cuanto más la miraba, más raro me parecía que algo tan cotidiano hubiera sido durante siglos un problema tan serio. La luz está en todas partes y aun así no es fácil decir qué demonios es. Parece lo más natural del mundo hasta que intentas explicarla.

Ahí fue cuando se me cruzaron dos obsesiones que, visto desde fuera, no pegan mucho: la física y el fútbol.

Y me pregunté cuál sería mi equipo ideal para entender la luz.

No los mejores físicos de la historia. No los más famosos. No una lista de nombres para quedar bien. Un equipo de verdad. Cuatro jugadores. Portero, defensa, mediocentro y delantero. Cuatro maneras distintas de acercarse a la misma pregunta.

En la portería pondría a Newton.

Ya sé que Newton tiene fama de muchas cosas, pero para mí aquí va de portero por una razón muy concreta: porque fue capaz de parar una idea equivocada que parecía obvia. Cuando hizo pasar luz blanca por un prisma y vio aparecer todos los colores, entendió que el prisma no los estaba creando. Ya estaban ahí. La luz blanca no era una cosa simple, limpia, indivisible, sino una mezcla. Y eso me sigue pareciendo fortísimo. Porque de repente algo que parecía transparente, en todos los sentidos, dejaba de serlo. Un buen portero hace eso: ve lo que otros no ven y evita que entre el error más tonto, que casi siempre es el más peligroso.

En defensa pondría a Young.

Porque hay defensas que no llaman tanto la atención, pero sostienen medio partido. Young, con el experimento de la doble rendija, hizo una de esas jugadas que a mí me parecen elegantísimas. Haces pasar luz por dos rendijas esperando una cosa bastante razonable... y la pantalla te devuelve otra. Franjas claras y oscuras. Interferencias. Comportamiento de onda. Como cuando tiras dos piedras al agua y los patrones se cruzan. Ahí la luz dejó de ser solo rayos bien dibujados en un esquema y empezó a comportarse como algo más sutil. Young no vino a dar espectáculo: vino a poner orden detrás y a decir "igual estábamos entendiendo mal el partido".

En el mediocentro pondría a Maxwell.

Aquí no tengo ninguna duda. Si hay alguien que reparte juego de verdad, es él. Maxwell cogió electricidad y magnetismo, que parecían ir cada uno por su lado, y los unió. Y de esa unificación salió una cosa preciosa: la luz era una onda electromagnética. Lo pienso y todavía me parece magia, aunque justamente no lo sea. Me encanta porque es una de esas ideas que no solo explican algo, sino que de repente conectan cosas que creías separadas. Y eso para mí es el centro del campo total: hacer que todo empiece a hablarse. Que el juego tenga sentido. Que lo que estaba disperso se convierta en sistema.

Y arriba, en la delantera, pondría a Einstein.

Porque hay momentos en ciencia, como en fútbol, en los que parece que el partido ya está bastante claro y entonces llega alguien y hace algo que te obliga a recolocarte entero. Einstein, con el efecto fotoeléctrico, vino a decir: cuidado, porque igual la luz no se deja encerrar del todo en la idea de onda. Hay situaciones en las que la energía de la luz se comporta como si viniera en paquetes, en cuantos. En fotones, como acabaríamos llamándolos. Y eso fue rarísimo y genial a la vez. Porque la luz, que ya parecía difícil, resultó ser todavía más escurridiza. Onda, sí. Pero no solo. Y me gusta que el delantero sea él porque tiene exactamente eso que tienen algunos jugadores: no es solo que marquen, es que te cambian la manera de entender el partido.

Supongo que otra persona haría otro equipo. Y seguramente me lo discutiría, cosa que además me encantaría. Pero el mío, esa noche, fue este.

Newton para empezar a descomponer.
Young para hacer ondular.
Maxwell para conectar.
Einstein para complicarlo todo y, precisamente por eso, entenderlo mejor.

Al final me hizo hasta gracia que todo naciera de una derrota. Yo, que estaba tumbada enfadada por un partido, terminé pensando en otra clase de jugadas: las que han ido construyendo nuestra manera de comprender una de las cosas más presentes y más extrañas del universo.

Porque la luz hace eso. Está siempre ahí, como si nada. En una lámpara, en una pantalla, en el reflejo de un cristal, en el cielo cuando ya casi es de noche. Y, sin embargo, cuando te paras de verdad a pensarla, descubres que lleva siglos obligándonos a jugar mejor.

Y quizá por eso me gusta tanto la física: porque a veces consiste exactamente en eso, en mirar algo que creías cotidiano hasta que deja de serlo.

Atte:
El míster de la luz


Andrea Morras - Universidad Antonio de Nebrija