Comenzamos las publicaciones de los mejores relatos seleccionados de entre los participantes en el I Concurso de Relatos Divulgativos del GdeE. En este relato, Carla nos explica cómo pueden acoplarse distintos osciladores aparentemente desconectados, ¡sin siquiera mencionar lo que es un oscilador! ¡Deléitense con su narrativa!


4°A

(21:10) Las llaves pesaban como si el metal hubiera absorbido todo el cansancio de la oficina. Al entrar, no encendí la luz de inmediato; preferí dejar que el tenue amarillento de las farolas de la calle dibujara los muebles. En mi apartamento el silencio no es vacío, es un latido. Dejé la mochila en el suelo y el eco que rompió la paz de la habitación recorrió las maderas del suelo hasta morir en la pared del fondo. Me duché rápido. Al salir, el gran reloj de pared de la entrada me recibió con su oscilación severa, dictando con su péndulo que hoy me había demorado diez minutos más de lo normal. Me senté a cenar frente a la tele, buscando el entretenimiento en una ficción ajena, sin notar que mis propios párpados empezaban a cerrarse al ritmo exacto de ese tic-tac persistente que retumbaba contra el tabique de la pared.


4°B

(21:25) La cerradura giró con un chasquido seco. Tenía que engrasarla, pero por mucho que pasaban los días nunca encontraba el momento. Entré de puntillas en mi apartamento como si fuera de cristal. Sin perder un solo instante, dejé caer mi bolso. Me apresuré a poner a calentar mi tetera en la cocina para poder disfrutar de una tarde-noche tranquila. Volví al salón donde me descalcé. Mis pies pudieron sentir la madera fría del suelo. Me dirigí a la estantería frente al sofá y abrí el cajón lateral. Saqué mi violín y el metrónomo. Seguidamente, me serví una taza de té caliente. Mi momento favorito del día. Últimamente no estaba teniendo mucho tiempo, así que aprovechaba después del trabajo para practicar. Coloqué el metrónomo en la mesita pegada a la pared y lo puse en marcha. Rapidamente cogió ritmo y me acompañó mientras mis dedos danzaban por las cuerdas del instrumento.


Viga

Estar entre dos mundos es complicado a veces, pero es asombroso ver cómo dos personas que ni siquiera se conocen pueden tener tantas cosas en común. Desde que me construyeron he pasado por multitud de inquilinos, pero ninguno tan conectado como esta pareja. Y todo por culpa del péndulo.

A través de mis fibras de roble, siento cómo sus soledades se buscan sin saberlo. En realidad se trata de un rompecabezas energético. Cuando el pesado péndulo del 4ºA golpea mi extremo izquierdo y el metrónomo del 4ºB empieza a martillear el derecho, mis anillos de crecimiento se tensan. Al principio, es una guerra caótica. Son dos osciladores independientes intentando imponer su propia voluntad al edificio. El desorden es ruidoso y caro; mantener dos frecuencias distintas en un mismo soporte genera una fricción invisible que aumenta mi temperatura. Mis poros sufren tratando de disipar ese sudor. Y yo también me canso.

Así que empiezo a actuar como lo que soy: un perezoso. Cada vez que el reloj de latón oscila, envío una micro-vibración, un mensaje casi imperceptible, a través de mis nervios de madera hasta la mesita de Sara. Y cada latido del metrónomo viaja de vuelta hacia el péndulo de la entrada. Soy el hilo conductor de una conversación silenciosa. Poco a poco, empiezo a robarle un milisegundo a uno para dárselo al otro. Los obligo a ceder, a ajustar sus fases, a sincronizar sus latidos. No lo hacen por amor, ni siquiera por cortesía; lo hacen porque, una vez que alcanzan el unísono, la tensión desaparece. Mis fibras descansan y el edificio entero respira en una sola nota.

Ellos creen que es casualidad que sus párpados se cierren al mismo tiempo, pero es simplemente que mi estructura ya no soporta la disonancia ni el desorden. Yo también soy fan de la música y busco la sintonía.


4°A

(8:00) Me solía levantar a las 7:00, pero esta vez el Sol que se hacía hueco entre las cortinas de mi ventana me anunciaba que estaba en lo falso. ¡El cambio de hora! Ya por fin era primavera y con ello los días se volvían más largos. Llegaría tarde al trabajo si no me apresuraba. Me vestí como de costumbre y antes de salir por la puerta con un café en mi mano, me acerqué a todos los relojes de mi apartamento para mover sus manecillas. Sólo de este modo al volver estaría todo en orden.


(21:20) Había conseguido escaparme antes de la oficina. La verdad que el día había sido tranquilo. Me había pasado por mi restaurante favorito y recogí lo que sería mi cena. Hoy me merecía un capricho. Tras ducharme, emplaté el menú. Todo era perfecto. Disfruté de la cena con calma y degustando cada una de las cucharadas. Sin embargo algo no encajaba. Estaba en completo silencio salvo por el ir-y-venir del gran péndulo. Pese a que llevaba haciéndolo durante años, no escuchaba el violín de mi vecina. Algo no estaba bien.


4°B

(22:00) Alguien llamó a la puerta. Viendo la hora de la que se trataba, me sorprendió.

-Buenas noches- dije extrañada al abrir la puerta y encontrarme con un joven hombre en pijama.

-¿Estás bien?- dijo mientras echaba una mirada al interior de mi apartamento. -No te he escuchado tocar hoy y me ha preocupado.

Entonces caí. Era Alfonso, el del 4°A.

-Pues si te soy sincera, lo he intentado, pero hoy nada sale. Por mucho que me esfuerzo el metrónomo va por un lado y mis dedos por otro, y estoy convencida que soy yo la que tiene la razón. Es como si nos hubiésemos descoordinado.

-Pues espero que volváis a encontrar el ritmo pronto. Echo de menos ese concierto nocturno- contestó mientras me tocó sutilmente el brazo. Ambos sentimos una conexión innegable. Nos miramos a los ojos y nos sonreímos.


Viga

Con el cambio de hora, la desconexión era real. Habría que esperar a que péndulo y metrónomo volviera a ser uno. Pero Alfonso no tardaría mucho en volver a dormirse con la ayuda de la danza de los dedos de Sara.

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Carla Delgado Vique - Universidad de Sevilla